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miércoles, 28 de noviembre de 2018

La rutilante estrella que vieron los magos de Oriente


La mayoría de las personas que se consideran cristianas ven con gran simpatía la estrella que guió a los magos de Oriente hacia el niño Jesús para presentarle sus respetos como rey de los judíos. Sin embargo, el estudio cuidadoso del capítulo 2:1-13 del evangelio de Mateo demuestra, sin lugar a dudas, lo sospechoso de aquella estrella, tanto en su estructura y funcionamiento como en sus intenciones. Es realmente sorprendente que la inmensa mayoría de los comentaristas que hablan del tema relacione la estrella con Dios, cuando está implícito en el texto que no es así, como veremos después. En realidad, no solo consideraré los aspectos de la estrella, sino de paso también, el pasaje completo, que permitirá desmitificar algunos aspectos de la celebración de la navidad como fiesta cristiana.
            En primer lugar, en el texto de Mateo aparecen los magos procedentes de las partes orientales. La palabra griega que aparece aquí es μάγος, que se translitera como “magos”. En el II y III siglos E.C., cuando los cristianos Justino, Tertuliano y Orígenes leían Mateo 2:1, μάγος lo interpretaban como astrólogos, y después, en el siglo IV, tanto Jerónimo como Agustín de Hipona encontraron el mismo significado. Aunque en el pasado se pensaba por Heródoto que μάγος eran una casta meda, investigaciones posteriores han situado más acertadamente a Babilonia como el origen de esta palabra. Según el Léxico griego de Thayer-Strongs, algunos doctos actualmente están considerando esta palabra de origen babilónico. Esta fuente indica que éste era el nombre dado por los orientales de aquella época; babilonios (caldeos), medos, persas y otros; a los sabios, maestros, sacerdotes, médicos, astrólogos, videntes, intérpretes de sueños, augures, adivinos, hechiceros, etc. No sin acierto, algunas versiones bíblicas como la Traducción del Nuevo Mundo han vertido μάγος como “astrólogos”, porque evidentemente, entre toda esta clase de sabios, el interés por los astros correspondería lógicamente a los astrólogos; los astrónomos de la antigüedad. Sin embargo, si bien aquellos magos, además de astrología, practicaban cualquiera de las otras disciplinas susodichas, una cosa si es cierta; no eran reyes; de hecho, como indica la Enciclopedia Católica, ninguno de los llamados Padres de la Iglesia sostuvo que los magos fueran reyes. Fue a partir del siglo VIII que el arte iconográfico comenzó a presentarlos como tales.
Tampoco se puede aseverar que fueran tres. La palabra μάγος es prural; podían ser desde dos a muchos. La idea de que fueran “tres magos” se consolidó en el siglo III E.C. cuando Orígenes propuso por primera vez ese número en consonancia con los presentes que se regalaron al niño Jesús; aunque eso no es determinante como prueba. Una comitiva grande podría presentar tres regalos como un solo individuo podría presentar uno o veintiuno. De hecho, para aquella época existían iconografías que representaban a los magos en número de dos, tres, cuatro y hasta ocho. Incluso la Iglesia ortodoxa siria y la Iglesia apostólica armenia aseguraban que eran doce, igual que los doce apóstoles y las doce tribus de Israel. Tres siglos después; en el VI E.C., comenzaron a conocerse los nombres de los magos, Melchor, Gaspar y Baltasar y otras variantes de estos; y sin embargo, Baltasar continuaba siendo cromáticamente igual que sus compañeros. Aun hubieron de pasar nada menos que nueve siglos para que el monocromatismo de los magos dejara de ser y Baltasar se transformara en el moreno del grupo.
            Bien; a continuación de aparecer los magos en el relato evangélico de Mateo, notamos que estos aseveran que vieron “su estrella” cuando estaban en su tierra de Oriente. ¿La estrella de quien? Ellos dicen que es la estrella del rey de los judíos que es a quien buscan. De esto se deducen varias cosas importantes. En primer lugar, el carácter de su pregunta deja entrever claramente que efectivamente eran astrólogos pues solo ellos son capaces de asignar una estrella a un individuo, lo mismo que hoy los astrólogos asignan parte de los astros del zodiaco a las personas según su nacimiento; cosa insustancial, por supuesto, para los astrónomos científicos.
            En segundo lugar, ¿cómo relacionaron los magos la estrella que vieron en su tierra con el nacimiento del rey de los judíos? Hay que decir que para que tal cuestión se planteara, la estrella en particular tuvo que ser verdaderamente conspicua, llamativa en sumo grado, algo totalmente diferente a cualquier otro astro que hubieran visto anteriormente. Sobre el carácter artificial de esta estrella seguiremos hablando después ya que el relato sigue ofreciendo pruebas sobre ello.
            Es muy probable que la primera vez que los magos vieron esta astro, lo vieran en dirección a Israel desde sus posiciones relativas en el Oriente, posiblemente desde Babilonia, pues ya hemos hablado del posible origen caldeo de la palabra μάγος. Para aquel tiempo existían comunidades judías en las principales ciudades de Babilonia. La mención hecha por los magos al rey de los judíos es una clara alusión a una posible pregunta que los magos pudieron hacer a los rabinos en Babilonia sobre el significado de la visión de la estrella. Esto no se puede descartar ya que los rabinos en Babilonia sabían de la existencia de una profecía mesiánica que se escribió en estos términos en el libro bíblico de Números 24:17: Una estrella ciertamente saldrá de Jacob, y un cetro verdaderamente se levantará de Israel”. Hasta Irineo de Lyon, cristiano del II siglo postuló con esta idea. Esta profecía mesiánica pudo ser muy sugerente en caso de que, efectivamente, los rabinos judíos tuvieran un contacto con los magos referente a esta cuestión, pues no es inconcebible que los magos acudieran a ellos, en vista del conocimiento que pudieran tener de una tradición referente al judío Daniel, que llegó a ocupar un puesto de relevancia en la antigua corte babilónica como “el prefecto principal sobre todos los sabios de Babilonia”, allá por el siglo VI a. E.C. (Daniel 2:48)
            Pasemos ahora a diseccionar la peculiar estrella que vieron los magos. Mateo 2:2 indica que cuando los magos llegan a Jerusalén, dicen que vieron la estrella cuando estaban en el Oriente; luego la estrella está desaparecida en Jerusalén; nadie absolutamente la ve. Hubiera sido de tal trascendencia que se hubiera visto, que tal hecho hubiera sido registrado, sin duda, por fuentes judías. En el versículo 7 se indica que Herodes averiguó, para sus propósitos, el tiempo en que la estrella había aparecido. Y cuando llegamos al versículo 9; en el momento en que los magos salen de Jerusalén para dirigirse a la búsqueda del niño; ¡vaya! aparece de nuevo la estrella y en esta ocasión hasta va “delante de ellos”; y no solo eso; la estrella se detiene justo “encima” de donde estaba el niño. Esta es la demostración más elocuente de lo sospechoso de tal estrella. ¿Por qué? Porque ningún astro se comporta de esa manera. Los astros están demasiado altos y demasiado lejos para que un observador humano pueda decir, desde su posición relativa, que va delante de uno dirigiéndolo o que se para encima de algo. Sin embargo, tal cosa si puede afirmarse si tal “astro” está a una distancia cercana; como a un tiro de piedra. Ciertamente, si tal fenómeno apareciera en nuestros días, cualquier ufólogo lo identificaría con un ovni (objeto volador no identificado). Por supuesto, de ninguna manera estoy sugiriendo que tal fenómeno fuera un ovni, en el sentido común que hoy se les suele considerar; como una nave tripulada. Ésta es una teoría materialista por demás. Los extraterrestres no tienen por qué ser por necesidad seres físicos ni sus naves materia; la estrella que vieron los magos pudo ser un “prodigio”; una ilusión óptica artificialmente tramada. Está claro, sin embargo, que no pudo ser un cometa, ni un meteoro, ni una supernova ni tampoco una conjunción planetaria como han tratado de teorizar muchos. No pudo ser ningún fenómeno astronómico natural.
            Pero, ¿hemos notado donde se paró esta “estrella”? Dice el evangelista Mateo que “se detuvo encima de donde estaba el niñito”. De modo que a continuación, los magos “entraron en la casa” y “vieron al niñito” con su madre (Mat. 2:11). Los astrólogos entraron en una casa (oikia en griego) y no en el pesebre (phatné en griego) de un establo (Luc. 2:7, 12). Por lo tanto, los astrólogos no visitaron al niño Jesús recién nacido, como se ve en muchos belenes de navidad, según la tradición; sino tiempo después y la Enciclopedia Católica así lo reconoce también. Cuando los pastores visitaron al niño Jesús en el pesebre, este era un nene recién nacido (brephos en griego, Luc. 2:12), pero cuando los astrólogos visitaron a Jesús en la casa según Mateo, este ya era un niño pequeño (paidion en griego). De hecho ya habían pasado muchos meses desde el pasaje del evangelista Lucas hasta el pasaje del evangelista Mateo. Cuando, después de visitar los astrólogos a Jesús en su casa, Herodes se da cuenta de que había sido burlado por estos, manda matar a todos los niños de Belén y sus distritos “de dos años de edad para abajo, conforme al tiempo que había averiguado cuidadosamente de los astrólogos” (Mat. 2:16) Por lo tanto, cuando los astrólogos visitan a Jesús en su casa, este tendría entre uno y dos años de edad. No es improbable este punto de vista, pues tanto Epifanio como Juvenco, eruditos cristianos del IV siglo, así lo creían. Además, la iconografía más antigua nunca presenta a los magos visitando a Jesús en un  pesebre sino en una casa.
            Entonces y para finalizar, ¿qué tipo de fenómeno resultó ser la estrella? Podemos identificar este fenómeno por su intencionalidad; claro está, no de la estrella sino de quien la dirigía. Y ciertamente Dios no dirigía la estrella. Primero, porque Dios está reñido con los astrólogos y su juicio contra ellos quedó patente en la profecía contra Babilonia mediante el profeta Isaías 47:12-15. Además, si usamos el raciocino, ¿cómo podríamos asignar a Dios la dirección de aquella estrella cuando ésta, en vez de dirigir directamente los magos al niño Jesús, primero los dirigió al enemigo que lo quería matar, el rey Herodes? Dios, quien estaba muy interesado en proteger la vida de su Hijo, desvió a los magos de Herodes, no mediante la estrella que no era suya, sino mediante un sueño. Así pues, la estrella dirigió a los magos al enemigo de Jesús, mientras que Dios desvió del niño a los magos directamente mediante un sueño. Desde un punto de vista bíblico, este fenómeno astral solo pudo ser la obra sutil de un maestro del engaño y enemigo de Jesús. Y no es de maravillarse, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz” (2 Cor. 11:14).

Bibliografía:
Mateo 2:1-12, la Biblia.
Biblia Paralela, Léxixo griego de Thayer, Strongs NT 3097: μάγος
“Radiografía” de la llamada Estrella de Belén, J.J. Benitez, http://mysteryplanet.com.ar/site/radiografia-de-la-llamada-estrella-de-belen/
The Imperial Bible-Dictionary (edición de P. Fairbairn, Londres, 1874, vol. 2, pág. 139)
J. C. Müller, Enciclopedia Herzog, sobre el testimonio de Heródoto
(Tertuliano en “Sobre la idolatría”, cap. IX [The Ante-Nicene Fathers, 1957, vol. 3, pág. 65].)
Perspicacia para comprender las Escrituras, tomo I, pág. 243, bajo “astrólogos”.
National Geographic, https://www.ngenespanol.com/travel/quienes-eran-los-reyes-magos-melchor-gaspar-baltasar/

domingo, 31 de diciembre de 2017

Desarrollo de la Cosmología, parte VIII, Isaac Newton II


El Dios de Newton

Cuando en 1936, más de 200 años después de la muerte de Newton se subastaron los documentos de su biblioteca, que hasta ese momento no se habían editado y por lo tanto eran desconocidos; se vio claramente que el mayor volumen de sus escritos se correspondían a estudios de teología y de alquimia; mucho más que los que correspondían a física. De esta manera, se pudo comprender que durante el fructífero tiempo mientras estuvo en Cambridge, especialmente desde 1668, Newton estuvo muy ocupado con la investigación teológica. La realidad es que estos escritos, muchos de los cuales, aun están sin editar actualmente, dejan claro la preocupación vital de Newton por entender la mente de Dios en la Creación. Newton tuvo claro que Dios es un geómetra y matemático sin parangón y por eso, además de sus estudios matemáticos de física, trató de ver en la Biblia elementos afines a su concepción divina. Por ejemplo, tras un profundo estudio del libro del profeta Ezequiel, Newton reconstruyó el plano del templo del rey Salomón y trató de ver en sus medidas y diseño aspectos alegóricos del Cosmos creado por Dios. Es comprensible que para un físico matemático como Newton la numerología le atrajera enormemente y que las medidas y cifras contenidas en las Escrituras tuvieran un significado especial más allá de la simple arquitectura.
De todos modos, en la actualidad existe una controversia sobre si Newton era un simple deísta no religioso; o sea, un creyente en Dios a través de la razón o más bien un teísta; un creyente en el Dios que utiliza la revelación para interactuar con los creyentes a través de la fé. En 1980, el historiador de la ciencia, Richard S. Westfall, doctor de la Universidad de Yale, publicó su famosa biografía sobre Isaac Newton. Este autor, considera que, esencialmente, Newton era un deísta, mientras que otros, como James Force, doctor en filosofía de la Universidad de Washington; Rob Iliffe, profesor de historia de la ciencia de la Universidad de Oxford y Stephen Snobelen, profesor de historia de la ciencia y la tecnología de la Universidad de Kings College; todos especialistas en Newton, consideran que él no era un deísta. Todos ellos consideran que el tiempo que Newton dedicó al estudio de la Biblia, que fue mucho, demuestra que no era un deísta.
Los seguidores de la primera postura tratan de ver en Newton un creyente en el Dios de la naturaleza pero no el Dios que se revela a través de las Sagradas Escrituras. Por lo tanto, tratan de ver la creencia de Newton en la Biblia como el de un registro histórico, primero del pueblo judío y después, en el caso del Nuevo Testamento, como el registro del ministerio de Jesús por traer de nuevo a los hombres a la religión verdadera. Por ejemplo, John Henry, historiador de la ciencia de la Universidad de Edimburgo, en su obra “Isaac Newton: ciencia y religión en la unidad de su pensamiento”, cita de Newton las palabras “existe un Dios… y un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo el hombre”, que él escribió al final de su vida en sus “Doce artículos” para probar que para Newton, Jesús era un mero hombre. Sin embargo, esto es un craso error; Newton estaba citando directamente de la 1ª carta a Timoteo 2:5 y, aunque es cierto que el apóstol Pablo escribió estas palabras y efectivamente dijo que Jesucristo era “un hombre” no por ello quiso decir un simple hombre más. Solo hay que leer un poco más adelante en 3:16, “fue puesto de manifiesto en carne, … fue recibido arriba en gloria”; y un poco después en 6:14, “hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo”; para entender que Pablo creía que el hombre Jesús era el Mesías o Cristo, que existía antes manifestarse en carne, que fue resucitado y glorificado “arriba” en el cielo y que volvería para manifestarse de nuevo. Y eso sin recurrir a ninguna de las otras cartas del apóstol Pablo, donde deja claro inequívocamente que para él, Jesús era el hijo enviado por Dios.
Los de la segunda postura, sin embargo, pueden aducir muchos testimonios del propio Newton que demuestran, sin lugar a dudas que él era un teísta; un creyente ferviente en el Dios Revelador de las Escrituras. Para él, las profecías de la Biblia, especialmente Daniel y Apocalipsis, indicaban que Dios intervenía en la historia de la humanidad y de las potencias políticas. Además, en sus últimos años él [en su intimidad] escribió en reiteradas ocasiones expresiones de creyente claras como esta:
“Debemos creer que hay un Dios o Monarca supremo al cual hemos de temer y obedecer, y cuyas leyes hemos de cumplir, aparte de honrarle y glorificarle. Debemos creer que El es el padre de todas las cosas y que ama a su pueblo como si fueran sus propios hijos, y que éstos han de amarle recíprocamente, aparte de obedecerle como obedece un hijo a su padre.”
Por todo ello, podríamos sintetizar que, básicamente, Newton era un deísta para los científicos, y un teísta para la gente común. Un deísta para los científicos porque, aunque no fueran religiosos, sí tenían que reconocer la existencia de un Creador sapientísimo que gobernaba el mundo y todos los fenómenos naturales; y un teísta para la gente común porque, aunque no entendieran ni papa de matemáticas avanzadas ni de ciencias, sí tenían una necesidad imperiosa de creer y alabar a un Dios de propósito para la humanidad que diera sentido a sus propias vidas. Seguramente Newton leyó muchas veces la carta a los Romanos 1:20, donde el apóstol Pablo escribió: “Porque las [cualidades] invisibles de él se ven claramente desde la creación del mundo en adelante, porque se perciben por las cosas hechas, hasta su poder sempiterno y Divinidad, de modo que ellos son inexcusables.” Sin duda, para Newton, conocer a Dios a través de su Creación era una tarea de primer orden en la que él se esforzó mucho por presentarlo a sus propios colegas científicos.
Pero lo haría a la posteridad. Parece que Newton compartió con algunos íntimos sus puntos de vista sobre Dios pero con mucho tacto y reserva. De hecho, sabemos de la dilación de Newton por publicar sus trabajos científicos por su marcada afectación a la crítica, aunque había total libertad en Cambridge para dilucidar cuestiones de esa índole. Pero otra cosa muy distinta eran las cuestiones religiosas que se apartaran de la ortodoxia. La amenaza de caer en desgracia, llegando incluso al ostracismo social y al olvido hubieran sido desastrosas para Newton. Aunque no sabemos con seguridad qué hubiera pasado con él si se hubiera llegado a saber su postura heterodoxa, podemos intuir que cabría la probabilidad de que muchos de sus descubrimientos científicos se habrían perdido para siempre.
Newton conoció de primera mano lo que le ocurrió a William Whiston, quien en 1693 llegó a Cambridge para estudiar matemáticas con Newton. Llegó a ser su profesor adjunto y tan brillante matemático que sucedió a Newton en la cátedra lucasiana. También llegaron a ser buenos amigos y recibió la influencia de Newton en cuestiones religiosas, quien lo alentó a interesarse en la cronología y doctrinas bíblicas. Pero a diferencia del reservado y temeroso Newton, la franqueza de Whiston le llevó a airear sin reservas sus puntos de vista religiosos, al grado de escribir en 1708 a los arzobispos de Canterbury y York para que reformaran, nada menos, que el Dogma de la Trinidad. Alentado primero a la prudencia, su persistencia lo llevó inexorablemente a su declive. La Universidad de Cambridge le negó la publicación de su folleto, la pérdida de su cátedra y finalmente, la expulsión de la institución. En 1710 fue acusado de enseñar doctrinas contrarias a la Iglesia de Inglaterra y se le sometió a un proceso judicial de cinco años que culminó con su extigmatización como hereje y expuesto a la mofa y el desprecio de muchos.
Si Newton hubiera actuado de igual forma que su colega Whiston, presumiblemente hubiera corrido su misma suerte, pasando de la gloria a la deshonra pública de manera dramática. Pero como dice la Biblia en Eclesiastés 1:15, “Lo que se hace torcido no se puede enderezar, y no hay manera de contar lo que falta.” Efectivamente, no hay manera de contar lo que hubiera ocurrido si Newton hubiera actuado de manera distinta a como lo hizo. No es el cometido de la Historia elucubrar con tales interrogantes, sino más bien atenerse a los hechos; y muchas veces los hechos y la verdad son concordantes; y la verdad fue que Isaac Newton lejos de actuar como su amigo Whiston; más bien no le tendió su mano amiga y se apartó de él para que no le salpicara su mismo destino. ¿Cobardía o prudencia? ¿Amor a la gloria personal o temor visceral a la vergüenza pública?

jueves, 29 de junio de 2017

Desarrollo de la Cosmología; parte VII, Isaac Newton I


Isaac Newton ha sido considerado el científico más grande de todos los tiempos y quien culminó la revolución científica, a pesar de que pudo no haberlo sido ya que nació prematuramente y tan pequeño que su vida estuvo en peligro durante la larga semana de Navidad de 1642. De progenitores de credo puritano, el pequeño Isaac creció sin su padre, quien había muerto un par de meses antes de nacer él y, a partir de los tres años, también sin su madre, que volvió a casarse y su padrastro no quiso hacerse cargo de él; de modo que ella lo dejó con los abuelos hasta que murió el padrastro siete años después. Y en esos siete años ni siquiera tampoco obtuvo el afecto de sus abuelos.
Estos diez años traumáticos para él quedan bien resumidos en una lista de sus pecados que escribió nueve años después, en la que incluyó “amenazar a mi padrastro y a mi madre con quemarlos a ellos y su casa”. Las cosas no mejoraron con la llegada de su madre al hogar familiar con sus dos hijos; los hermanastros de Isaac. Cuando tenía doce años fue enviado a estudiar al colegio The King's School de Grantham en Inglaterra. Allí estudió latín, un poco de griego y lo suficiente de geometría y aritmética básicas; lo propio de los estudios primarios en aquella época.
En aquel tiempo, en los estudios el latín era más importante que la aritmética básica; de hecho ésta se escribía en latín. Y otra materia importante era el estudio de la Biblia en las lenguas clásicas de griego y latín bajo la óptica del protestantismo inglés. Esto, aunado a la biblioteca que heredó de su padrastro pudo ser lo que encaminaría posteriormente a Isaac Newton por los senderos de la teología.
La evidencia indica que Isaac no congeniaba bien con los niños de su edad sobre todo por su superior agilidad mental que ponía en desventaja respecto a él a sus compañeros; no sin razón se convirtió en el primer alumno de la escuela. Además, el aislamiento de los lazos afectivos de su madre durante su infancia hizo de él un niño introvertido y distante, además de un travieso ingenioso. También, parece que prefería la compañía femenina; de hecho tuvo una amiga más joven que él a la que le construía casas de muñecas con gran habilidad. Posiblemente es la única relación romántica que se le ha reconocido a Newton.
Efectivamente, podríamos decir que la única verdadera relación matrimonial de Newton fue con el saber; no digo ya con la ciencia, pues una de las cosas sorprendentes que descubriremos es que Newton fue más teólogo que científico.

En 1661, cuando Newton cumplió los dieciocho años ingresó en el Trinity College de la Universidad de Cambridge. Fue un alumno más interesado en asistir a la biblioteca que a las clases universitarias y de esta manera; como autodidacta, consiguió graduarse, llegando a leer entre 1663 y 1664 algunos de los libros de matemática y filosofía natural más importantes de la época, tales como la Geometría de Descartes, la Astronomiae Pars Optica de Kepler y los trabajos de Galileo, entre otros; que le servirían en sus propias investigaciones sobre matemáticas.
Para ese tiempo su tutor lo envió a Isaac Barrow, el primer profesor de la cátedra Lucasiana de matemática de Cambridge, quien enseguida se dio cuenta que tenía ante sí a un ser especial, alguien que comprendía la geometría de Descartes sin siquiera haber leído primero la de Euclides. Barrow se complació en Newton y éste fue un alumno tan aplicado que en poco tiempo Barrow reconocería el genio de Newton y sería él quien le consultaría a Newton sobre problemas matemáticos. Newton sucedería a Barrow en la cátedra lucasiana en 1669.
Pero entretanto, las puertas de Cambridge hubieron de ser cerradas en el otoño de 1665 debido al azote de la peste bubónica por toda Europa. Newton regreso a su granja de Woolsthorpe durante los dos siguientes años en el que, por supuesto, no perdió el tiempo, dedicándose a investigar en filosofía, matemáticas y ciencia. Fue en Woolsthorpe donde Newton hizo los descubrimientos sobre la ley de la gravedad, las bases del cálculo infinitesimal y el teorema del binomio.


Un antitrinitario en el Trinity College (Colegio de la Trinidad)

Finalmente, en 1667, las puertas de Cambridge se reabrieron y Newton regresó a ella. Para continuar en la universidad tuvo que conseguir una beca como Fellow (miembro) de Cambridge, lo cual consiguió el 1 de octubre de aquel año. Pero esta beca llevaba aparejada otra obligación que comprometería la integridad de Newton. Todo Fellow de Cambridge estaba obligado a ordenarse como sacerdote, haciendo un juramento previo de adhesión a la Iglesia Anglicana. El juramento según los estatutos de Trinity College recitaba “que adoptaré la verdadera religión de Cristo con toda mi alma… también que tomaré la teología como tema de mis estudios y tomaré las órdenes sagradas cuando llegue el momento estipulado por estos estatutos, o resignaré del colegio.”
En el caso de Newton el acto de ordenación tendría que realizarse en 1675. Hasta en tres ocasiones anteriores a ese año, siendo el último 1669, Newton había declarado su ortodoxia en Cambridge para poder continuar sus obligaciones universitarias, pero ante la proximidad de su ordenación, hay documentación que indica que Newton estaba decidido a renunciar a su puesto en Cambridge afrontando todas sus consecuencias. Todo parece indicar que entre 1670 y 1675 Newton se convirtió en heterodoxo respecto al credo de fe de la Iglesia Anglicana y que este cambio ocurrió porque él realmente quería asegurarse de saber cual era “la verdadera religión de Cristo”. Tomo esto como “un deber de la mayor importancia.”


Para Newton, quien en aquel momento creía en el Dios Creador como un ser de total dominio, no podía concebirlo como el Dios trino de su Iglesia Anglicana y de la mayor parte de la Cristiandad. Para él, el único Dios Creador también ejercía dominio sobre el Hijo Cristo. Éste estaba subordinado a Dios, pues de hecho era un ser creado por él; de modo que tampoco era consustancial con Dios. La exégesis bíblica llevó a Newton a estas conclusiones, además de su erudición histórica. Para él, la verdadera naturaleza de Dios y de Cristo había sido predicada por Arrio, considerado hereje por el Concilio de Nicea en 325 E.C., mientras que el trinitarismo que Atanasio introdujo como doctrina cristiana la consideró como una forma de idolatría a la persona de Cristo. De este modo, aunque Newton no logro reconocer a ningún grupo de su época como la religión verdadera de Cristo, por lo menos, sí estuvo seguro que no podía consagrarse como sacerdote a la trinitaria Iglesia Anglicana. De todos modos, en el año crítico de 1675, una exención de la Corona llegó en el momento propicio para que solo a los que tuvieran el cargo de la cátedra lucasiana de matemáticas, que Newton ya poseía hacía seis años, se les eximiera de la obligación al requisito de la ordenación sacerdotal. Parece haber evidencia de que, gracias a su amigo Isaac Barrow quien tenía una gran influencia sobre el rey, fue posible esta dispensa especial en el Trinity College.

En la próxima entrega analizaremos una cuestión que ha suscitado el gran interés de Newton por los estudios bíblicos; que es saber si él verdaderamente era un fervoroso creyente en Dios o simplemente un deista como muchos otros científicos lo han sido; o sea un creyente racional en una entidad superior que gobierna el universo.

sábado, 13 de mayo de 2017

Aspectos socio-económicos de la lactancia artificial

En esta 4ª y última entrega sobre "La lactancia natural frente a la lactancia artificial" analizaremos la economía que ofrece la lactancia natural. La lactancia artificial se ha convertido en un gran negocio para grandes empresas que tratan de minimizar la carga que para muchas familias supone las leches preparadas para bebés.







viernes, 12 de mayo de 2017

Sociología de la lactancia artificial

En esta tercera entrega sobre la lactancia, abordaremos la sociología en torno a la lactancia artificial. Veremos qué fenómenos culturales modernos han dificultado la lactancia artificial en detrimento de la natural y las consecuencias que ello ha tenido.





miércoles, 10 de mayo de 2017

Antropología de la lactancia natural

2º capítulo de la serie "La lactancia natural frente a la lactancia artificial". En esta segunda entrega nos centramos en el aspecto antropológico y en lo vital que fue para la supervivencia de la humanidad la lactancia natural, especialmente en las sociedades primitivas. Además, veremos los beneficios que cosechó esta actitud proactiva en los grupos humanos, especialmente con algunas enfermedades importantes de nuestra actual civilización moderna.

Una madre hindú, una madre babilónica y la diosa madre Isis de Egipto amamantando a sus hijos.






lunes, 8 de mayo de 2017

Filosofía a la naturaleza de la lactancia

Queridos amigos: 
He decido publicar más a menudo porque la serie de artículos sobre Cosmología me lleva demasiado tiempo de investigación, lo que hace que se dilate largamente el intervalo de aparición de nuevos temas. La próxima entrega sobre Isaac Newton ya está casi lista pero no me quiero ceñir; a partir de este momento; a publicar lineálmente sobre un solo tema hasta completarlo. Desde ahora publicaré en paralelo, sobre distintos temas de historia, lo que aligerará el blog con más variedad de contenido y sobre todo, con una mayor frecuencia de publicación.
Os presento, por lo tanto, otra faceta mía. Soy naturópata y elegí como tesina de fin de curso escribir sobre "La lactancia natural frente a la artificial", un tema que entronca, lógicamente, con la historia de la Medicina. La desarrollé en estos cuatro temas: 
  • Filosofía a la naturaleza de la lactancia (El primer tema que os presento en esta entrada)
  • Antropología de la lactancia natural
  • Sociología de la lactancia artificial
  • Aspectos socio-económicos de la lactancia artificial
  • Bibliografía
Téngase en cuenta que la presentación de esta tesina está en facsímil, tal como fue escrita y presentada al profesorado hace 30 años; escrita con una máquina de escribir de las de antes. Los próximos capítulos aparecerán uno detrás de otro en los próximos días. Espero que os guste.


    Habiéndole nacido un hijo a Catón, nada había para él de mayor importancia, como no fuese algún negocio público, que el hallarse presente cuando la mujer lavaba y fajaba al niño. Esta lo criaba con su propia leche, y aún muchas veces, poniéndose al pecho los niños de sus esclavos, preparaba así para su propio hijo la benevolencia y el amor que produce el ser hermanos de leche. Vidas paralelas , Plutarco, siglo I-II E.C.