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lunes, 27 de abril de 2020

La estratagema de Jacob con las varas rayadas como método de cría selectiva a la luz de la Ciencia actual.


            Cuando leen Génesis 30:31-42 y 31:6-13, algunas personas aducen que se trataba de una práctica pagana supersticiosa y anticientífica. Añaden encima, que fue refrendada por un ángel de Dios. Pero, puesto que sería francamente imposible que Dios apoyara una práctica pagana o una superstición, debe haber una buena razón para que se haya dejado este relato como parte del registro bíblico “inspirado por Dios” (2 Timoteo 3:16). Por eso, otros lectores del relato, menos críticos, reconocen simplemente, que se trata de un problema genético de difícil interpretación científica.
Por ejemplo, si se trataba de un concepto erróneo por parte de Jacob y sus contemporáneos esto no sería ninguna afrenta a Dios puesto que esto entraba dentro de su propósito, ya que siglos después, el sabio rey Salomón escribió lo siguiente: He visto la ocupación que Dios ha dado a los hijos de la humanidad en qué ocuparse. Todo lo ha hecho bello a su tiempo. Aun el tiempo indefinido ha puesto en el corazón de ellos, para que la humanidad nunca descubra la obra que el Dios [verdadero] ha hecho desde el comienzo hasta el fin.” (Eclesiastés 3:10, 11) De modo que, como parte de la ocupación que Dios ha dado al hombre está la de “descubrir” su obra; o dicho de otro modo: adquirir conocimiento (o ciencia) de la Creación que nos rodea. Como la creación es una obra colosal, no debe extrañarnos que como dice Salomón, el hombre “nunca descubra” la obra de Dios, pues, como ha demostrado el camino de la Ciencia; éste ha sido tan ingente como la obra que pretende descubrir. Por lo tanto, está claro que a Dios no le disgusta que el hombre sea científico; todo lo contrario; a él le agrada que el hombre se acerque a su creación con reverencia y respeto. Pero Dios se ríe de los científicos pretenciosos que juegan a ser Dios, pues él sabe, mejor que ellos, que está a años luz de ventaja sobre todo el caudal de información que la Ciencia ha acumulado.
            Esta manera de ver el asunto está en consonancia con lo que el gran científico Albert Einstein dijo en una ocasión: "No soy ateo y no pienso que pueda decir que soy panteísta. El problema en cuestión es demasiado vasto para nuestras mentes limitadas.
¿No puedo responder con una parábola?
La mente humana, no importa cuán altamente capacitada esté, no puede comprender el universo. Estamos en la posición de un niño pequeño, entrando en una enorme biblioteca cuyas paredes están cubiertas hasta el techo de libros en muchos idiomas diferentes.
El niño sabe que alguien debió haber escrito esos libros. No sabe quién ni cómo. No entiende los idiomas en los que están escritos. El niño observa un plan definido en la organización de los libros, un orden misterioso, el cual, no se comprende; un orden misterioso que no entiende pero apenas sospecha sutilmente.
Esa, me parece, es la actitud de la mente humana, incluso de la más grande y la más culta, hacia Dios. Vemos un universo maravillosamente organizado, obedeciendo ciertas leyes, pero solo entendemos las leyes vagamente. Nuestras mentes limitadas no pueden escrutar la fuerza misteriosa que balancea las constelaciones"
            Podemos, por lo tanto, decir con honestidad que Dios admite la ignorancia del hombre en cualquier tiempo y lugar y jamás lo castiga por pretender adquirir entendimiento de los fenómenos a su alrededor. Solo tenemos que leer Génesis 1:14-19 para darnos cuenta que, desde el mismo principio Dios quería que el hombre aprendiera de su Creación. Cuando Dios hizo posible que las lumbreras Sol y Luna se vieran durante el cuarto día creativo, no solo lo hizo para “iluminar la tierra” (vers. 15); también lo hizo para que el humano observador y científico diera un uso práctico de su investigación, puesto que: “servirán de señal para marcar las estaciones, los días y los años.” (vers. 14) No sin razón, el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas han fascinado a todos los sabios de todas las épocas que, a pesar de ensayo y error, han ido construyendo poco a poco la Cosmología, como piedra angular de la Ciencia actual.
            Por lo tanto, no podemos pensar que Dios desaprobara las prácticas de selección artificial o cría selectiva que utilizaban Jacob y sus contemporáneos para mejorar sus rebaños. Aunque hoy no sepamos como se originó aquella creencia antigua, no tenemos por qué denigrarla como superstición. Puesto que la superstición se define, no solo como algo irracional, lo cual es bastante subjetivo, sino también con algo a lo que se atribuye un carácter sobrenatural, sagrado u oculto; si el experimento de Jacob hubiera estado relacionado con estas cosas, entonces Dios sí lo hubiera protegido de ello.
            La cuestión entonces es: ¿fue anticientífica la practica que utilizó Jacob para producir rebaños selectivos?
            Es interesante que Jacob no estaba diseñando un experimento basado en el método científico. Es obvio que no, porque ni Jacob era científico ni había hipótesis en el experimento, puesto que esta se define como un enunciado no verificado, mientras que lo que Jacob quería hacer era algo probado empíricamente y por lo visto, común entre sus contemporáneos. Seguramente, Jacob conocía la creencia popular entre los pastores que aseguraban que la naturaleza de las crías depende, en parte, de las influencias externas que rodean a la madre en el momento de la concepción. Repasemos sistemáticamente el relato. Los versículos 31-33 del capítulo 30 de Génesis esbozan el plan de Jacob. Él motivo del plan, no era otro que, asegurarse un salario justo por parte de su suegro Labán y, no obstante, aunque justo, no ambicioso.  

Jacob pone varas al ganado de Labán, de Murillo. Siglo XVII.
Museo Meadows / U Souther Metho. Dallas-Texas.


Precisamente, esto es así por cuanto Labán exclamo: “¡Muy bien! Que así sea” (Gén. 30:34) La razón de la alegría de Labán era debida a la ganancia que él conseguiría mediante este trato. A Labán, que era un tramposo empedernido y nunca le gustaba perder, le brillaron los ojos cuando oyó la propuesta de su yerno. Él sabía muy bien que las ovejas blancas y las cabras negras eran las que más se reproducían entre los rebaños y seguramente pensó para sí que su yerno era un ingenuo perdedor que lo iba a enriquecer a él más de lo que ya lo había hecho. Efectivamente, aun hoy, se sabe que las ovejas blancas y las cabras negras o marrones del Cercano Oriente son las más numerosas. La razón, obviamente, se debe a que estas tienen el gen dominante mientras que los ejemplares moteados y con grandes manchas en ambas especies tienen el gen recesivo. Los estudios genéticos indican que la expresión de los genes recesivos se produce aproximadamente en el 25% de la herencia. De esta manera, Jacob, aun eligiendo la producción menor de ejemplares “no puros”, como del 25%, por lo menos se aseguraba un salario estable, aunque más modesto que el de su suegro Labán. Teniendo en cuenta que los antiguos contratos de pastoreo que se realizaban en estas regiones del Medio y Cercano Oriente, estipulaban una porción de entre el 10-12% del rebaño, junto con un porcentaje de la lana, y de los derivados de la leche, no estuvo nada mal el negocio. La actuación de Jacob, por lo visto, obedeció a la codicia de Labán quien le había cambiado su salario; devaluándolo obviamente, hasta en diez ocasiones (Génesis 31:41)
            A continuación, según Génesis 30:34-36, Labán, que era bastante desconfiado, separó los rebaños moteados y con manchas y los puso bajo custodia de sus hijos para que no se mezclaran con los que quedaron bajo el cuidado de Jacob. Aun, a costa de hacerlo por una razón egoísta, Labán, sin saberlo, estaba cuidando que la reproducción del experimento se estuviera haciendo correctamente, al impedir que se “contaminaran” las variables del experimento (los distintos rebaños). Por lo tanto, ello significa que dejó a Jacob solo con los rebaños de animales normales; o sea, las ovejas blancas sin manchas y las cabras negras, también sin manchas. Labán tenía claro que las probabilidades estaban a su favor y sacaría más ganancia que su yerno.
            Pero, por lo visto, Jacob no pensaba igual que su suegro. Eso es lo que se desprende al leer Génesis 30:37, 38 donde Jacob puso en marcha una especie de experimento eugenésico para lograr producir animales rayados y moteados de progenitores “puros” sin motas ni rayas. Él pensó que podía influir en la descendencia haciendo que los progenitores miraran las ramas o varas rayadas sobre un fondo monocromático, mientras se apareaban; aunque, no parece que nadie se extrañara de lo que hizo Jacob, como si aquello fuera algo nuevo. Posiblemente también era algo conocido por los ganaderos de aquella época que se dedicaran a la cría selectiva.
            De Génesis 30:39-42 se desprende también el cuidado que Jacob puso en la segregación de los diferentes tipos de rebaño para lograr su objetivo. Al mismo tiempo vemos otra variación del potencial de la cría selectiva que, por cierto, nos resulta más familiar y más coherente para nuestras mentes contemporáneas, que es la de utilizar los sementales más fuertes para producir crías más fuertes, a lo que Jacob, por supuesto, añadió la técnica que estamos analizando, la de mirar las varas rayadas. Puesto que Jacob estaba utilizando los animales “puros” de Labán, sin motas ni rayas, es evidente que también quería conseguir animales moteados y rayados de los animales de Labán; crías que pasarían a ser suyas por el acuerdo entre ellos. Si esto era posible, ello significaba el aumento de los rebaños de Jacob en detrimento de los de Labán.
            También vale la pena repasar algunos detalles del proceso técnico que utilizaba Jacob que parecen algo confusos. Génesis 30:41 indica que  “siempre que los animales más fuertes se ponían en celo, Jacob colocaba las ramas para que los rebaños las vieran y se pusieran en celo junto a ellas.”  En este texto observamos que se mencionan dos celos diferentes; uno espontáneo, anterior a la puesta de las varas y, otro condicionado, frente a ellas, una vez puestas. Este texto comparado con Génesis 30:38 indica que las varas servían para poner en celo a los carneros, pero, por otra parte, algunos carneros fuertes se ponían en celo de manera espontánea o natural, pues hoy sabemos que también obedecen a factores neuroendocrinos y ambientales en su comportamiento sexual. Por lo tanto, lo que Jacob hacía era potenciar este celo espontáneo exponiéndolos a las varas rayadas; se supone que, para consolidar el celo y propiciar el apareamiento, además de, por supuesto, del efecto condicionante de las varas para producir crías moteadas y rayadas.
            Génesis 30:43 indica que el proyecto tuvo éxito y, Génesis 31:1-5 da cuenta de cómo los hijos de Jacob también se dieron cuenta de ello; y hasta el mismo Labán, que cambió su actitud hacia él, al darse cuenta que su propio plan había fallado y Jacob se había enriquecido.
            Después de haber analizado con meticulosidad nuestro relato bíblico, está claro que, no siempre se puede poner en tela de juicio la sabiduría de los antepasados, si no; por ejemplo, por qué estaríamos especulando en la actualidad en cuanto a cómo se construyeron las pirámides de Egipto. Aun aceptando las varias hipótesis actuales sobre el tema, lo cierto y contundente es que ahí están , imponentes, después de más de 4500 años. De igual modo, cabe citar aquí, para el tema que estamos tratando, al célebre Dr. Louis Pasteur, quien afirmó en una ocasión que, "un poco de ciencia nos aparta de Dios. Y mucha, nos aproxima a Él".  Así que vamos a ver si la Ciencia, en continuo crecimiento, tiene algo que decir sobre la cría selectiva de Jacob y sus contemporáneos; no sea que , algunos que se consideran científicos no lo sean tanto como creen.
            En un artículo del Dr. en Genética, Daniel Cohen, sobre el relato bíblico que estamos analizando, la primera observación que él hizo es que las ovejas que se quedó Jacob eran homocigotas (que tienen en cada célula dos genes homólogos idénticos que solo pueden expresar una característica heredable dominante; en nuestro caso concreto, la piel lisa o no manchada). En nuestro ejemplo, queremos decir que, papá cordero pasó a su cría un cromosoma con genes o información genética idéntico al cromosoma que pasó a la cría mamá oveja. En cada uno de esos dos cromosomas idénticos había dos lugares, llamados “locus”, con dos variables llamados “alelos”; uno (el dominante) para codificar o crear piel lisa monocromática y otro (el recesivo) para piel moteada o rayada. Y esto para cada uno de los progenitores. Por deducción, el dr. Cohén clasificó como homocigotas a las ovejas de Jacob porque todas eran uniformemente iguales o blancas, lo cual quería decir que el alelo o gen dominante tanto en el cordero progenitor como en la oveja progenitora era el que producía piel uniforme monocromática, o blanca en las ovejas. En las cabras igual pero a la inversa.
            No obstante, el dr. Cohen se preguntó: ¿Cómo es posible transmitir a la descendencia un rasgo cuyo gen está ausente en los padres? Él pensaba que el estimulo visual por si sólo, no podía generar un gen en el ADN de los progenitores! Le causó una gran satisfacción encontrar la explicación científica que avala la observación del método empleado por Jacob, en un artículo publicado en la revista Nature, tiempo atrás. El artículo mostró que ratones progenitores homocigotos con cola manchada tuvieron en la descendencia ratones con cola blanca. De igual manera, al hacer la prueba inversa – homocigotos de cola blanca, tuvieron descendencia con colas manchadas.
            El fenómeno descrito se conoce como “paramutación” Otro comentario del articulo decía que, los rasgos heredables pueden estar guardados en una memoria ajena al ADN. El mecanismo de paramutación se realiza a través del RNA, sin la participación del ADN. Es decir, “un estímulo” genera la síntesis del RNA, y este se acumula en todas las células, y en consecuencia se trasmite a la descendencia. En la experiencia publicada, se obtuvieron grandes cantidades de RNA de colas blancas en el sémen de los ratones.
            Posteriormente aislaron el semen y al inyectarlo en los ovocitos, obtuvieron crias con colas blancas, a pesar de provenir de progenitores sin genes de cola blanca en su ADN (ya que eran homocigotas).
Por otro lado, trató de buscar información acerca de la capacidad del estímulo visual, como generador de respuestas genéticas, al igual que las varas que uso Jacob para inducir a las ovejas a tener crias moteadas.
Siguiendo la linea de pensamiento del hallazgo científico descrito (que es posible transmitir rasgos en ausencia de un gen en los progenitores, a través del RNA generado por un estímulo) se dio cuenta que no era descabellado suponer que las varas de Jacob tuvieron el efecto de generar RNA, que hiciera que “aparececieran” genes nuevos.
Pudo encontrar que los estímulos visuales no sólo generaban una respuesta química, transitoria y reversible una vez desaparecido el estímulo, sino que “despertaban genes” generados por RNA. Aprendió sobre esto, al repasar los trabajos de los premios Nobel David Hubel y Torsten Wiesel que demostraron que los estímulos visuales generan respuestas plásticas en el cerebro; o sea, que moldean el cerebro.
Quizá hayamos oído alguna vez que las imágenes que “vemos” a través de nuestros ojos y se gravan en nuestra retina se componen de miles de puntos de luz registrados por miles de neuronas que conforman la imagen como si fueran los píxeles de la pantalla de un ordenador que, a fuerza de organizarse, se juntan como las piezas de un puzle creando la imagen general. En esta teoría, la imagen sería el conjunto de la función unificada de miles o millones de neuronas. Sin embargo, las investigaciones de Hubel y Wiesel encontraron que, no es el conjunto, sino la neurona individual la que se activa por su propio estímulo. De esta manera, las neuronas individualmente pueden responder a un solo componente del campo visual como, un borde y su contraste, un movimiento y su dirección, una orientación, un color, figuras geométricas, etc. Según esto, los animales de los rebaños de Jacob pudieron ver las varas y los contrastes de color de las ramas descortezadas que dejaban al descubierto su “madera blanca” (Génesis 30:37) De igual manera podían distinguir los rebaños rayados así como los manchados o moteados.
¿Podría esto, por sí mismo, producir una experiencia sexual que incitara al celo y el apareamiento? Bueno, los experimentos de Hubel y Wiesel determinaron incluso el rango de edad en que la corteza visual se desarrolla por una experiencia visual, además de su programa genético. Uno de sus experimentos clásicos fue tapar los ojos de monos y gatos recién nacidos durante su primera semana de vida. Aunque al final del experimento los ojos no había recibido ningún daño, sí se observó  anormalidades en sus cerebros en comparación con los animales cuyos ojos no habían sido tapados. Estos experimentos ayudaron a los oftalmólogos a ver cómo las influencias tempranas en los cerebros tiernos de los niños , no admiten demora a la hora de tratar precozmente las alteraciones visuales de los niños, como el estrabismo o las cataratas congénitas que pueden conducir a la ceguera. Por eso, ahora operan antes, a una edad más temprana para prevenir tales problemas.
Podríamos decir entonces para concluir que, lo que hasta aquí hemos considerado, nos permite ver evidencias que apuntan a la posibilidad cierta del resultado del experimento de Jacob. Aun así, aunque otros biblistas apuntan al hecho que, del mismo modo que las mandrágoras de Raquel no fueron las que propiciaron su embarazo sino la bendición de Dios sobre ella (Génesis 30:14, 15, 22-24), del mismo modo, no fue el experimento de Jacob, sino la bendición de Dios, lo que produjo  una explosión de crías moteadas y rayadas. Aunque, este razonamiento es correcto en si mismo, también deberíamos admitir entonces, que Jacob no tendría que haber hecho nada, sino simplemente pedir la bendición de Dios para que su acuerdo con Labán diera sus frutos. Pero, el hecho de que utilizara aquellas técnicas de cría selectiva debe indicar que algún efecto tendrían también aparte de la bendición de Dios. En la Biblia, generalmente, la bendición de Dios va acompañada de las acciones del que ha pedido su bendición; o dicho de otro modo, la bendición de Dios potencia el efecto de las acciones de sus siervos en la decisión o dirección que ellos se muevan.
Pero, aún otros biblistas, indican otra explicación al enigma del relato que estamos considerando. Piensan que los rebaños de piel lisa, blanca o negra, no eran en realidad homocigotos o de raza pura, sino híbridos  que,  aunque mostraban su gen dominante (piel blanca o negra); también llevaban en sus cromosomas, por anteriores progenitores, el gen recesivo (piel rayada o moteada); que pudiera expresarse en ulteriores generaciones del rebaño. Sería un caso de herencia autosómica recesiva admisible según las leyes de Mendel. Pero de nuevo tenemos que decir que ello está bien aunque, siempre aunado al experimento de Jacob, sin el cual, nada tendría sentido. De hecho, tendríamos que admitir que lo que logró Jacob con los rebaños fue un resultado conjunto de varias cosas; una práctica ancestral empírica de sus contemporáneos, más las leyes genéticas de Mendel, más la transmisión de rasgos en ausencia de un gen a través de RNA, más la fisiología de la visión según Hubel y Wiesel, y, por supuesto y más importante; de la bendición de Dios sobre él. No tenemos por qué caer en el dogmatismo, admitiendo solo una solución cuando, ante nosotros, se presentan varias explicaciones o posibilidades lógicas.
La Biblia enseña que, el Creador, hace “que todas sus obras cooperen juntas” (Romanos 8:28). Por ejemplo, él “asignó un gran pez para que se tragara a Jonás”(Jonás 1:17); después, “asignó una calabaza vinatera, para que subiera [con su sombra] sobre Jonás” (Jonás 4:6); y aun después, “asignó un gusano al ascender el alba al día siguiente, para que hiriera [secara] la calabaza vinatera” (Jonás 4:7). Con estas acciones, Dios enseñó una lección vital a su profeta Jonas para que fuera humilde y supiera tratar con empatía a las demás personas. El Creador esAquel que llama desde el naciente a un ave de rapiña; desde un país distante, al hombre que ha de ejecutar [su] consejo.” (Isaías 46:11) O sea, Dios, quien domina toda su Creación, puede manipularla, por su gran sabiduría, para producir cosas prodigiosas que parecen desafiar nuestra limitada comprensión. La razón, evidentemente, es que él conoce hasta el mínimo detalle todos los procesos naturales, puesto que él los ha creado. Lo ideal, en el caso que nos ocupa es, que alguien; científico o ganadero, en un experimento bien diseñado tratara de imitar lo que Jacob hizo para ver si se confirma algún tipo de resultado. Por lo menos, de lo que sí hay constatación es de un rebaño de 119 ovejas rayadas y moteadas que fue encontrado en Canadá y devueltas a Israel a finales de 2016. Sus genes fueron rastreados miles de años atrás; y hasta algunos expertos pensaron que se correspondían con las características descritas en Génesis 30 y 31.














lunes, 23 de marzo de 2020

El sindrome de Calor Tóxico de la Medicina Tradicional China en las grandes epidémias de la humanidad

El síndrome de Calor tóxico de la MTCH (en adelante Medicina Tradicional China) supone toda una revolución dentro de la medicina desde que, a principio de 2000, el Dr. y profesor Felix Irigoyen lo diera a conocer a todos los terapeutas de las medicinas alternativas y a todos aquellos médicos oficialistas que lo desearan. Esto es así, desde el momento que el Dr. Irigoyen tendiera un puente entre las distintas técnicas médicas para que hubiera una sola medicina. Ciertamente, el síndrome de Calor tóxico, operativo y conocido milenariamente por los médicos chinos, adolecía de su traducción a la fisiología que es común al organismo humano y que es enseñada en todas las facultades de medicina del mundo, incluso en China. De modo que, el Dr. Irigoyen, un día, hace ya tiempo, cogió su maleta y se presentó en China para enseñar a los propios médicos chinos la traducción de sus propios conceptos a la comprensión de la fisiología. Los conceptos de la MTCH, tales como Qi, Yin, Yang, Estancamiento, Vacío, Calor, Plenitud, Viento, Jing, Wei, y muchos más eran tratados por los médicos chinos, con explicaciones filosóficas y misteriosas, que muchas veces eran difíciles de explicar hasta por los ellos mismos. Pero la inquietud intelectual del Dr. Irigoyen vino a poner orden y concierto a todo esto. Y todos aquellos que nos dedicamos a las terapias naturales no podemos menos que agradecerle de corazón toda la investigación y docencia a este gran hombre que nos ha dado una nueva visión para que sepamos tratar certeramente a nuestros pacientes.
Pero, en primer lugar, ¿qué es el Calor tóxico y por qué supone éste toda una revolución en la medicina? Calor tóxico podemos definirlo sencillamente como Hipersensibilidad inmunitaria y, el concepto es revolucionario porque supone un cambio en el paradigma de la inmunidad. Generalmente, tendemos a asociar el estado óptimo de la inmunidad con “defensas altas” y a la inmunidad deprimida con “defensas bajas”. Esto, que parece lógico a primera vista, no es así siempre. Por ejemplo, una fiebre alta la asociamos a un buen funcionamiento de nuestra inmunidad. Sin embargo, si la fiebre pasa a ser muy alta, entonces nos ponemos en estado de alarma por la simple razón de que una fiebre muy alta puede matar a una persona. ¿Decimos entonces que una inmunidad óptima ha matado a una persona? Ciertamente que no. Cuando algo, que supuestamente nos tiene que defender nos mata significa que algo no ha funcionado bien. Una fiebre muy alta es semejante a una batalla donde se destroza al enemigo pero al mismo tiempo se arruína el campo de batalla por la intensidad desmesurada de los proyectiles que se han utilizado y se hace inservible incluso para los ganadores. Por lo tanto, podemos resumir diciendo que la Hipersensibilidad inmunitaria, es un estado de defensas muy alto, que puede arruinar nuestra salud y lo veremos después, al repasar la sintomatología durante las grandes epidemias de la historia.
Bien, ¿qué es la Hipersensibilidad inmunitaria traducida a la fisiología humana? La hipersensibilidad inmunitaria es una hipersensibilidad a las toxinas. Normalmente, hay un equilibrio perfecto entre las defensas inmunológicas del cuerpo humano y los microorganismos en su piel y mucosas, además de los que llegan al sistema respiratorio a través  del aire. Lógicamente, y por definición, cuando hablamos de hipersensibilidad a las toxinas es porque debe haberse producido un desequilibrio en la relación de nuestra inmunidad natural hacia estos microorganismos y/o sus toxinas.
Este desequilibrio se expresa al repasar el síndrome de Calor tóxico según la MTCH que consiste en: fáciles y frecuentes fiebres elevadas, repetidos procesos inflamatorios como anginas y faringitis, gastroenteritis, colecistitis, infecciones agudas, colitis infecciosa, conjuntivitis, repetidas erupciones cutáneas etc. Y, en definitiva, calor interno, hipertermia y mucha sed. Y, por supuesto, también por la alta frecuencia en su aparición. Podemos discernir este síndrome cuando observamos a muchos niños conocidos que parece que siempre están acatarrados y con cuadros febriles, en contraste con otros niños que también padecen cuadros similares pero con un contraste marcado por sus síntomas más atenuados. Por lo tanto, el síndrome de Calor tóxico esta definido por el exuberante y marcado carácter exagerado de su cuadro clínico.
Hasta los dos años de edad, el sistema inmune del bebé no se ha desarrollado completamente, por lo que es preciso la ayuda de su madre para su protección. De modo que, a través de la placenta durante la vida intrauterina y a través de la lactancia, después del nacimiento, el niño hereda un sistema inmune imnato o adquirido. Las últimas investigaciones, en este sentido, apuntan a que una infección en la madre, incluso antes del embarazo, puede aportar inmunidad celular de por vida a su bebé concebido. El doctor William Horsnell, del Instituto de Microbiología e Infección de la Universidad de Birmingham, la Universidad de Orleans en Francia y la Universidad de Ciudad del Cabo en Sudáfrica, apunta: "La transferencia inmune de madre a hijo a través de la lactancia materna es una fuente muy importante de protección contra infecciones tempranas.” Otro de los investigadores, Adam Cunningham, profesor de Inmunidad Funcional en la Universidad de Birmingham, indica que la exposición de la madre a una infección puede “alterar permanentemente la inmunidad de la descendencia”, mas allá de los seis meses de protección que actualmente se aceptaban para la lactancia materna. La razón estriba en que la madre no solo transfiere anticuerpos o inmunoglobulinas a su hijo, cosa que ya sabíamos, sino que también transfiere células de protección inmune, especialmente linfocitos T con memoria de antígenos, para que el niño obtenga inmunidad de por vida de las infecciones a las que su madre ha estado expuesta.
El doctor William Horsnell explicó que, "esta es la primera demostración de que una infección antes del embarazo puede transferir la inmunidad celular de por vida a los bebés. El trabajo muestra que la exposición a una infección antes del embarazo puede llevar a una madre a transferir los beneficios inmunitarios a largo plazo a su descendencia. Esto es extraordinario y agrega una nueva dimensión a nuestra comprensión de cómo una madre puede influir en nuestra salud".
La cuestión entonces es: ¿transfiere la madre a su hijo, su peculiar y personal forma de enfrentarse a las infecciones? Quiero decir: Si una madre tiene por peculiaridad natural enfrentarse con Calor tóxico a una infección, ¿transferirá también esa naturaleza a su hijo? Esta es una cuestión apasionante, en virtud de que, lógicamente, lo que una madre transfiere a su hijo es su propia inmunidad. El niño no ha tenido tiempo de desarrollarla por sí mismo. Al mismo tiempo, esta idea puede explicar bien lo que ha ocurrido en las grandes epidemias de la historia donde, por cierto, ha habido mucho Calor tóxico.
            Cuando yo pensé por primera vez en la gran mortalidad que producían las grandes pandemias mundiales y por qué se producían, me vino a la mente la Gripe española de 1918-1920, considerada la más devastadora de la historia humana, por su inusitada gravedad, por cuanto afectó a la mitad de la población mundial (500 millones) y murieron tan solo en los primeros seis meses 25 millones de personas (de 50 a 100 millones cuando terminó). Recuerdo que la primera idea que me vino al pensamiento fue que la humanidad había quedado deprimida y desesperanzada tras la terrible Guerra Mundial que había sufrido (1914-1918). Curiosamente, esta misma idea aparece en el artículo “Breve historia de la inmunología.” en http://www.unidiversidad.com.ar, donde hablando de la Peste de Atenas en 430 a. E. C. se describe “la relación entre el sistema inmune y el estado afectivo del paciente, decayendo "las defensas del hombre" cuando se apoderaba de éste la desesperanza.” Esta seductora idea, sin embargo, pasó de largo, al investigar los datos que sobre la Gripe española seguí descubriendo, donde la mayor morbilidad y mortalidad se produjo en jóvenes y adultos saludables entre 20-40 años, mas que en los niños y ancianos. ¿Cómo es posible esto? ¿Acaso no son los grupos de niños y ancianos los grupos de riesgo que tienen las defensas más bajas? Eso es lo que parece, pero también parece que no son las defensas bajas la respuesta a una gran morbilidad y mortalidad. Sin embargo, la hipersensibilidad del Calor tóxico bien pudiera ser la respuesta, sobre todo, al considerar que uno de los síntomas más importante en la Gripe Española fue la fiebre elevada y en las posteriores investigaciones se concluyó que una “tormenta de citocinas (más de 150 mediadores en la respuesta inflamatoria)” fue la causa de que el virus fuera tan destructor. Además de la pandemia de la Gripe española unos estudios preliminares realizados en Hong Kong indicaron que ésta fue, probablemente, la principal causa de mortalidad durante la epidemia del SARS (Síndrome respiratorio agudo grave) de 2003. Y también, las muertes humanas por causa de la gripe aviar H5N1 y las muertes en México durante la Pandemia de 2009 (Gripe A), conllevaron este padecimiento. De hecho, la tormenta de citocinas se considera  “una expresión sistémica de un sistema inmunitario vigoroso y sano”, pero como su nombre indica, en ciertas situaciones, la reacción (tormenta) se hace incontrolable y peligrosa hacia la extrema gravedad. Por eso, no nos debe extrañar que Wikipedia defina a esta tormenta de citocinas como una respuesta exagerada del sistema inmunitario y que el artículo “Tormenta de citoquina y la pandemia de influenza” por Angela P. Jonson (Consorcio del Noroeste de Ohio para la Salud Pública) reconozca que la tormenta de citocinas es “una respuesta inmune inapropiada (exagerada).” Y que “La tormenta de citoquinas debe tratarse y suprimirse, de lo contrario puede producir letalidad.” No es extraño, por lo tanto que, la MTCH haya consensuado una fórmula fitoterápica milenaria cuya acción es equilibrar la respuesta inmunitaria y enfriar el Calor tóxico y el calor de la sangre.
            Un breve repaso de la sintomatología de algunas de las epidemias más graves en la historia es reveladora del síndrome de Calor tóxico. 


Soldados atenienses aniquilados por la Peste del Peloponeso
Una de las epidemias más devastadoras de la antigüedad fue la Peste de Atenas de 428 a. E.C. Tucídides, en su obra “La guerra de Peloponeso describe: “En general, el individuo ... se veía súbitamente presa de los siguientes síntomas: sentía en primer lugar violento dolor de cabeza; los ojos se volvían rojos e inflamados; la lengua y la faringe asumían aspecto sanguinolento; la respiración se tornaba irregular y el aliento fétido. Se seguían espiros y ronquidos. Poco después el dolor se localizaba en el pecho, acompañándose de tos violenta; cuando atacaba al estomago, provocaba náuseas y vómitos con regurgitación de bilis (...) La mayor parte moria al cabo de 7 a 9 días consumidos por el fuego interior. (...) Y si alguno conseguía superar este periodo y aun le quedaban fuerzas, la diarrea que se imponía a continuación acababan con cualquier esperanza y el enfermo moría sin remisión. Ello significa que aunque la temperatura en la piel no fuera notablemente alta; sin embargo la fiebre interior era tan sentida por el enfermo que no soportaba el taparse; incluso desnudarse era lo deseable. Algunos hasta se arrojaban al agua para lograr algo de alivio. Los pájaros y los animales carnívoros no tocaban los cadáveres a pesar de la infinidad de ellos que permanecían insepultos. Si alguno los tocaba caía muerto".
            La Peste de Siracusa en 396 a. E.C.  se manifestó inicialmente con síntomas respiratorios, fiebre, tumefacción del cuello y dolores costales. Seguidamente aparecían disenteria y erupciónes pustulosas en toda la superficie del cuerpo. Los soldados morían entre el cuarto y sexto día, con ataques de delirio y sufrimientos atroces.
            Galeno, el famoso médico griego del siglo II, considerado uno de los más completos investigadores de la Edad Antigua durante el Imperio Romano, describió los síntomas de la Peste Antonina de 166 E.C. de esta manera: "ardor inflamatorio en los ojos; enrojecimiento ... de la cavidad bucal y de la lengua; aversión a los alimentos; sed inextinguible; temperatura exterior normal, contrastando con la sensación de abrasamento interior; piel enrojecida y húmeda; tos violenta y ronca; signos de flegmasia (edema y dolor severo) laringobronquial; fetidez del aliento; erupciones y fístulas, diarrea, agotamiento físico; gangrenas parciales y separación espontánea de órganos; perturbaciones de las faculdades intelectuales; delirio tranquilo o furioso y muerte entre el séptimo y noveno día".
            La Peste de Cipriano en 251 E.C. descrita por Cipriano, obispo de Cartago "se iniciaba por un fuerte dolor de vientre que agotaba las fuerzas. Los enfermos se quejaban de un insoportable calor interno. Luego se declaraba angina dolorosa; vómitos se acompañaban de dolores en las entrañas; los ojos inyectados de sangre. (...). Unos perdían la audición, y otros la vista.”
            La Peste Justiniana en 542 E.C. comenzaba por una súbita fiebre no de gran intensidad y a los pocos días aparecían unas hinchazones bubónicas en las axilas, detrás de las orejas y en los muslos. Luego unos quedaban sumidos en un coma profundo o en un estado delirante. Sufrían inapetencia y a veces en medio de un violento frenesí, se lanzaban al agua. Algunos morían rápidamente, otros a los pocos días, con pústulas negras que se abrían en los lugares donde tenían las bubas. Algunos vomitaban sangre y algunos se salvaban, sobre todo aquéllos que supuraban por las bubas. Morían de 5.000 a 10.000 personas cada día.
            Podríamos seguir investigando entre las muchas pandemias que sufrió la humanidad durante su historia, pero, para muestra, las que acabamos de presentar, sin duda, describen un cuadro apropiado de los síntomas que hemos descrito al definir el Síndrome de Calor tóxico. Entender bien este síndrome supone tratar una forma alternativa de enfrentarse a las epidemias que asolan a la humanidad.


Bibliografía:

El otro Paradigma. Puente entre técnicas médicas. Lección 1. Félix Irigoyen / Antonio Grau
Editorial Mediterránia (2004)


lunes, 16 de marzo de 2020

La humanidad frente a las grandes pandemias que la asolaron (I)

LAS MEDIDAS PROFILÁCTICAS EN EL ISRAEL BÍBLICO.


Ciertamente, la humanidad se enfrentó temprano con las grandes epidemias a las que se les llamó, desde muy antiguo y genéricamente, “pestes”. Antes que Hipócrates de Cos (siglo V a. E. C.) estableciera las bases de la ciencia médica, se consideraba a éstas como un efecto de la cólera divina, opinión apoyada en la interpretación de textos sagrados y en textos profanos de la antigüedad (Ovidio, Platón, Plutarco, Tito Livio, Plinio). Una opinión generalizada en cuanto a la causa divina se ha deducido de la interpretación del libro sagrado, la Biblia. Sin embargo, conviene hacer una investigación imparcial y objetiva para concluir que eso no es así.
Lo primero que hay que aclarar y reconocer es que, efectivamente, Dios sí que usó la peste como medio de castigo contra sus enemigos. Durante una parte de la historia, Dios tuvo como enemigo suyo a su propio pueblo Israel, que estaba en relación de pacto con él, pero al que abandonó. Notemos en Jeremías 24:10 la denunciación que Dios hizo contra su pueblo: “Y enviaré contra ellos la espada, el hambre y la peste, hasta que desaparezcan de la tierra que les di a ellos y a sus antepasados”’”. Como podemos ver, Dios podía usar la peste como castigo, pero no de manera exclusiva o como efecto de su cólera; también podía usar la espada (la guerra) y el hambre. Esta profecía tuvo su cumplimiento en el siglo VII a. E.C. cuando Dios permitió que la potencia babilónica asolara la tierra de Judá y se llevara al destierro a Babilonia al pueblo de Israel. Es pertinente recordar que los judíos sabían de esta consecuencia si eran infieles a Dios. Él ya les había advertido en la Ley de Moisés lo que les sucedería si se hacían desobedientes: ”Pero, si no escuchas la voz de Jehová tu Dios y no te aseguras de obedecer todos los mandamientos y estatutos de él que te estoy mandando hoy, todas estas maldiciones vendrán sobre ti y te alcanzarán: ... Jehová hará que la enfermedad se pegue a ti hasta que te haya exterminado de la tierra que vas a conquistar. Jehová te castigará con tuberculosis, fiebre alta, inflamación, calor sofocante, espada, viento abrasador y tizón. Todo esto te perseguirá hasta que hayas muerto. ... Jehová te castigará con las úlceras de Egipto y con hemorroides, eccema y erupciones en la piel, enfermedades de las que no podrás ser sanado. Jehová te castigará con locura, ceguera y confusión. ... Jehová te castigará con úlceras dolorosas e incurables en las rodillas y en las piernas, desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza.” (Deuteronomio 28: 15, 21, 22, 27, 28, 35) Como podemos discernir, no todas las enfermedades que se mencionan aquí pueden considerarse infecciosas, pero todas podían tener una morbilidad de categoría epidémica o pandémica, si Dios lo permitía. Pero insisto que Dios no utilizó de manera exclusiva las epidemias como efecto o resorte o único recurso de su disgusto. En cuanto a la manera de corregir Dios a su pueblo, Jeremías, el mismo profeta que Dios utilizó para denunciar a su pueblo, repitió varias veces ésta máxima: “Te disciplinaré hasta el grado debido; [pero] de ninguna manera te dejaré sin castigo”. (Jeremías 30:11; 46:27,28) Dios utiliza la disciplina que mejor conviene a sus siervos, en cada momento y circunstancia.
Sigamos notando un punto más en cuanto a este asunto que nos llevará a un descubrimiento sorprendente en cuanto a la sabiduría que Dios dio a su pueblo para contener las epidemias. Hemos notado, al leer en Deuteronomio que Dios castigaría la desobediencia con “eccema y erupciones en la piel” lo que nos lleva a considerar una enfermedad que en la Biblia se tradujo como “lepra” pero que no necesariamente se identifica con la misma lepra o enfermedad de Hansen que afecta, incluso hoy, al mundo de manera epidémica. 
Posibles infectados de cólera suizos son sometidos a cuarentena a su llegada
a Italia en 1884.
La lepra que la Biblia describe, lo hace, especialmente en Levítico 13 y 14. Esta parte de la Ley se escribió especialmente para los sacerdotes, que eran responsables, no solo del diagnostico preciso de la enfermedad, sino también de su resolución o alta. De hecho, la descripción que da la Biblia en estos dos capítulos de Levítico es un ejemplo sobresaliente de nosología (descripción y clasificación de las enfermedades) y semiología (estudio de los signos y síntomas de la enfermedad) de esta enfermedad y constituye un pequeño tratado de diagnostico diferencial para preparar a los sacerdotes levíticos sobre el diagnóstico correcto. Por lo tanto, los sacerdotes de Israel actuaban como verdaderas Autoridades Sanitarias respecto a este problema (Lucas 17:11-14), que era considerado de orden público, por cuanto que la duda que pudiera suscitar el diagnóstico, imponía a los afectados, una cuarentena obligatoria para evitar su propagación, en caso de que esta fuera infecciosa. Por lo tanto, era imperativo que los sacerdotes levíticos estudiaran  bien esta parte de la Ley para no imponer una cuarentena innecesaria o incluso injusta a ningún prójimo suyo que lo apartaría de su medio social y familiar. Esto, hace 34 siglos, pudiera considerarse un logro sobresaliente, sin parangón, como medida profiláctica o higiénica, que se adelantó en casi 11 siglos a Hipócrates y en 21 siglos a las grandes epidemias de la Edad Media, cuando comenzaron a imponerse. Tengamos en cuenta que cuando se escribió la Ley de Moisés, en 1513 a. E.C. no había ni medios para detectar los agentes patógenos infecciosos ni el conocimiento de la existencia de microbios (Dios sí lo sabía, aunque Moisés no lo supiera). Aun así, la sabiduría que Dios dio a su pueblo Israel se adelantó en 34 siglos a la confirmación de la Teoría Microbiana de la enfermedad, por Robert Koch en 1876, y a Louis Pasteur, quien fue contemporáneo de Koch y el que dio el golpe de gracia a la Generación espontánea como causa de aparición de vida.
Lamentablemente, la generalidad de la humanidad que no ha estado en relación de pacto con Dios, no se ha beneficiado del conocimiento que él reveló al pueblo judío hace 35 siglos mediante el texto sagrado que hoy forma parte de la Biblia. Por lo tanto, la mayoría de las naciones, a través de la historia, han tenido que arreglárselas, como mejor han sabido y aprendido, a la hora de enfrentarse a las enfermedades y sus epidemias. En la próxima entrada hablaré de los recursos que pusieron en práctica para mantener a raya a las epidemias a través de la historia.

Bibliografía:

La Biblia, (Traducción del Nuevo Mundo)
https://www.lavanguardia.com/historiayvida/20200201/473229638796/cuarentena-coronavirus-gripe-contagio.html